HUMOR CIENTÍFICO

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jueves, 3 de julio de 2014

INVIERNO

   Reproduzco aquí el relato con el que gané la última edición de premios de relatos del IES Llanes. Había que incluir alguna frase de un poema de Luis Cernuda. En concreto, las frases "El Sur es un desierto que llora mientras canta" y "mis lentos ojos no verán nunca más el Sur" pertenecen al poema.
   No os creáis que voy a ser ningún escritor de éxito..... sólo había un candidato.

INVIERNO
           El Sur es un desierto que llora mientras canta. En el sur las personas viven, aman, ríen, comen, andan despacio, siempre despacio; sueñan, siempre soñando. En el sur se espera el maná, nunca se busca el oasis.
            En mi niñez veía a los viejos sentados en sillas de nea a la puerta de sus casas. Tomaban el sol viendo pasar el tiempo. En las noches calurosas, sus hijos, nuestros padres; hacían lo mismo. Charlando de nada, riéndose de todo.
            Mientras, en los grandes caseríos, se tomaba jerez en pequeños sorbos al calor de piezas de teatro, ideas políticas, novelas, obras de arte...  quién sabe si algo de sexo junto a la chimenea.
            Yo quería reír junto a Quevedo, llorar con Shakespeare, tomar un vaso de vodka con Anna Karenina, volar con Lindbergh para viajar con Bogart en la Reina de África, perseguir a Darío por la llanura de Issos.
            Así que busqué lo que otros no deseaban encontrar y estudié duro. Trabaje más duro. Al final obtuve mi premio: una orla y un papel firmado por el consejero de educación.
            Desde ese instante comprendí que, en el Sur, tus anhelos huyen hacia el mar, donde se diluyen en su inmensidad. Allí son frágiles barquillas a merced de las corrientes de la tradición; perdidas al pairo de una calma perezosa, indolente  y asfixiante;  nunca espabilada por los vientos del cambio.
            Así que me fui. Emigré buscando nuevos aires donde mi alma pudiese respirar, cabalgar libre en inmensos espacios abiertos, observada y evaluada por sus acciones; no por su color, forma, origen o pedigrí.
            Lo dejé todo atrás. Lejos.
            No creí que importase.
            Hoy cumplo cincuenta años aquí. Me siento en mi piedra; la misma piedra en la que lo hago las últimas dos décadas. Hoy el mar está en una extraña calma, tranquilo. Sus aguas lamen perezosamente las rocas de la orilla de mi fiordo. A lo lejos, mi mirada se cruza con cimas heladas. Estremece el contraste entre el blanco níveo de las cumbres y el azul casi transparente del lago que duerme en su regazo.
El aire es tan claro que la reflexión de la luz es perfecta: un espejo por el que me gustaría colarme como Alicia en su país de las maravillas y acceder a otro tiempo, otro lugar, otro mundo; con su sol de primavera y su luz de otoño.

El Sur duele. Sus lágrimas te calan al alma hasta los huesos.  Alguna vez mi cuerpo retornó al sur; mi corazón y mis ojos siempre vuelven a él. Hoy me siento más viejo que nunca. Mi cuerpo grita por un poco de calor. Quizás mis lentos ojos no verán nunca más el Sur.    

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